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Este fin de semana, volviendo del sur hacia Madrid, me encontré con dos escenas que me dejaron una sensación amarga, casi como si hubiese sido testigo de una epidemia silenciosa que avanza sin freno.
Mientras viajábamos, decidimos detenernos para asistir a misa en Mérida. Allí observé la primera de estas escenas.
Un niño, de no más de ocho años, se aferraba con desesperación al teléfono móvil de su madre, jugando compulsivamente a algún juego que parecía absorberlo por completo.
La madre intentaba recuperar el control, pero él se resistía con la misma intensidad que si le arrancaran algo vital.
Finalmente, ya dentro de la iglesia, el niño no dejaba de suplicar por el aparato, ajeno a la misa, a las voces, a todo lo que no fuese esa pantalla.
Cuando su madre se negaba, él se enfurecía, se levantaba y salía del templo, manifestando su disgusto sin pudor. Lo hizo dos veces.
Observándolo, pensé: “Esto es una droga dura para él”. Era inquietante y desagradable, como presenciar una pequeña batalla perdida contra una adicción que apenas comprendemos.
Tras la misa, paramos en el Parador para tomar algo.
Al principio estábamos solos, pero pronto se fue llenando de gente. Una familia se sentó justo detrás de nosotros: un padre con dos hijos. La niña, la menor, era la única sin móvil.
Al principio pensé que eso la haría más cercana a su familia, pero lo sorprendente fue ver cómo el padre y el hijo mayor se sumergieron en sus teléfonos, ignorándola por completo.
La niña miraba a su alrededor, tal vez buscando una conexión que no llegaba. Estuvimos a punto de invitarla a nuestra mesa, un impulso nacido de la empatía y la tristeza.
Solo cuando llegó la comida, los móviles descansaron brevemente, pero tras el último bocado, volvieron a sus manos como si fuese inevitable.
En la mesa de al lado, dos personas más revisaban sus pantallas sin mirarse entre sí. Un patrón que se repetía, una constante que dibujaba el mismo paisaje desconectado.
Me quedé reflexionando sobre ello durante el resto del viaje.
El móvil, ese pequeño artefacto, es la nueva droga dura. No necesita inyecciones ni polvos blancos; basta con una pantalla luminosa y la promesa de una conexión que, paradójicamente, nos desconecta de lo más cercano: la familia, los amigos, el presente. ¿Será que no nos damos cuenta o simplemente ya no nos importa?
MGC
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