Educación revertida de hijos a padres

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Mi hijo pequeño tiene ocho años y su lengua materna es el alemán. Mi mujer es austriaca, hija de un padre austriaco y una madre húngara, ambos ya en el cielo. Puedo imaginar el sufrimiento que vivieron al abandonar sus países de origen. Se conocieron en Suiza, uno de los pocos lugares que acogía expatriados de guerra. Allí les dieron tres meses para decidir su destino: Brasil, Canadá, Estados Unidos, España o quedarse en Suiza si cumplían ciertas condiciones. La familia de mi mujer está hoy repartida por todos esos países. 

Finalmente, sus padres eligieron España, donde nacieron sus ocho hijos, siendo mi mujer la menor. Su padre solía repetir una frase que nunca olvidaré: “Alles für die Familie” —Todo por la familia.

Hace un año, mi mujer empezó a leerles la Biblia para niños en alemán a nuestros dos pequeños. Mi frustración era inmensa porque, a pesar de criar juntos a nuestros hijos, yo no había logrado dominar el alemán y me sentía excluido de ese momento tan íntimo. La han leído ya tres veces así.

Entonces nació un nuevo hábito en mi vida. Cada fin de semana, temprano por la mañana, mi hijo pequeño me lee la Biblia para niños en español, tumbados en su cama. Él se despierta a las 7:30; yo me incorporo un poco después. Es una experiencia increíble. EL domingo, por ejemplo, me leyo los Diez Mandamientos de la Ley de Dios entre otras lecturas. Volver a escucharlos me recordó su valor universal, la claridad entre lo que está bien y lo que está mal, y que no podemos hacer felices a los demás si no nos respetamos primero a nosotros mismos.

Con cariño, quiero transcribir algunos de esos mandamientos que todos conocemos, pero que cada vez se cumplen menos, en una sociedad que parece perder sus valores a una velocidad vertiginosa:

  1. Honrarás a tu padre y a tu madre  
  2. No matarás  
  3. No cometerás actos impuros  
  4. No robarás  
  5. No dirás falsos testimonios ni mentiras  
  6. No consentirás pensamientos ni deseos impuros  
  7. No desearás los bienes del prójimo  

He omitido los tres primeros, que para mí son los más importantes, porque no quiero entrar en polémicas.

Si me centro en estos siete, veo cuántas veces fallamos en cumplir alguno de ellos. Yo, en particular, siento una gran culpa con el cuarto mandamiento. No creo haber honrado a mi padre y a mi madre como merecen. A mi padre, ya fallecido, no le agradecí lo suficiente la educación y la formación que me dio. Con mi madre, que aún vive, sufro y la hago sufrir sin quererlo. Les quiero con locura, pero siento que no he estado a la altura.

Sin embargo, mirando el lado positivo, este nuevo ritual con mi hijo me llena de alegría. Yo solo había leído la Biblia durante las misas de los domingos, a veces distraído por mis propios problemas. Ahora, al escucharla de su voz, disfruto cada palabra. No es solo la lectura: es el momento compartido, su alegría, la complicidad de estar juntos, arropados en su cama.

He comprendido que la educación no es una línea recta que va de padres a hijos. A veces la vida invierte el sentido. En esa inversión, en esa educación revertida, he encontrado un regalo inesperado: la oportunidad de crecer de nuevo, de la mano de mi propio hijo.

MGC

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