el cumpleaños de tu vida

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El pasado jueves, 19 de febrero, viví un cumpleaños que nunca olvidaré. Quizá porque llegó en un momento en el que no esperaba nada, y eso lo hizo aún más especial.

Desde niño, los cumpleaños eran una fiesta en mi casa. Mis padres se lo trabajaban muchísimo. Vivíamos en un bajo con una terraza que, para mis ojos de niño, era inmensa. Allí cabían decenas de niños —treinta, quizá más— y mis padres organizaban rifas de patos vivos, amarillos y negros, y de pajaritos de todos los colores. Aquello era lo más exótico de los años 70. Yo no lo sabía entonces, pero siempre tenían la estrategia preparada para que mi hermano y yo en nuestro respectivos cumpleaños no nos quedáramos sin nuestro pato. Eran tiempos de inocencia y pura felicidad.

En la adolescencia, los cumpleaños siguieron teniendo su magia. A mis quince años, la jefa de mi padre me regaló mi primer ordenador portátil Toshiba. Fue un regalo que marcó mi pasión por la tecnología, que me ha acompañado toda la vida. Pero al llegar a la universidad y a la madurez, todo cambió: mi cumpleaños siempre coincidía con días complicados de exámenes en la Universidad y acabé por cogerle manía. Dejé de celebrarlo.

Este último año ha sido especialmente duro. He pasado por momentos de cansancio extremo y de retos personales y profesionales enormes. He tenido el apoyo de Dios, de mi director espiritual, Don Javier Siegrist, de mi mujer, de mi familia y de mis socios, que han sido verdaderos pilares de mi vida. Gracias a ellos seguimos adelante y estamos a punto de lanzar nuestro proyecto después de un año agotador. Aun así, no tenía ganas de celebrar nada. Le pedí a mi mujer que, si me regalaba algo, costase cero euros o muy, muy poquito.

Y, paradójicamente, ha sido el mejor cumpleaños de mi vida.

La mañana transcurrió entre compromisos y una comida con un posible socio. Por la tarde, entré en una llamada con nuestros socios tecnológicos mientras aparcaba frente a casa. Mi mujer me llamó cuatro veces. A la cuarta, supe que algo importante pasaba. “¿Cuánto te queda?”, me preguntó. “Cinco minutos”, le dije. Tardé quince.

Al subir, me encontré con mi mujer y mis dos hijos pequeños esperándome. La mayor estaba con su madre y la vería después. Los jueves hacemos Palachinken —tortillas dulces— para merendar-cenar en familia. Es nuestro momento: hablamos con los niños de un valor importante, para que les quede grabado en el corazón.

Mi hijo pequeño comenzó la celebración con una búsqueda del tesoro de diez pistas ingeniosas que me llevaron, entre risas y sorpresa, a mi primer regalo: una bolsa de mis chuches favoritas y un dibujo precioso. Mi hija me regaló una caja roja de bombones Nestlé. No puedo describir la alegría que sentí. Esa sencillez, ese cariño, vale más que cualquier cosa. Y un dibujo.

Luego llegó el turno de mi mujer. Ella sabía que no quería regalos caros, y aun así logró emocionarme como nunca. Me entregó cinco pequeños vales azules, cada uno escrito a mano:

  1. Menú degustación en el Hotel Orfila para dos personas, ese mismo día. Invitados por el hotel
  2. Un libro firmado por María Lladró, Valuismo: reinventando la economía global, sobre poner los valores por delante del dinero. Dedicado por la autora. No lo busques en Amazon que no está. Alucine de la trayectoria de María Lladró.  Le pregunte a mi mujer de que la conocía para haberme firmado el libro y me dijo: “la conozco mucho”. Ojalá pudiese ser consejera en nuestra nueva empresa que esta a puntito.
  3. Tres noches en Menorca, en junio, coincidiendo con un viaje suyo de trabajo. Aprovechamos su viaje de trabajo.
  4. Una noche en CoolRooms en Sevilla u Oporto. Elegí Oporto. Invitados por el hotel.
  5. Un viaje en globo solo para mí, algo que yo mismo le había organizado a ella en su 50 cumpleaños. Razonable

No podía creerlo. Había logrado emocionarme con creatividad, ilusión y amor, sin necesidad de gastar apenas. Me sentí profundamente afortunado de la familia a la que pertenezco y de la mujer extraordinaria que tengo, que lleva más de veinte años con su agencia de viajes y sigue sorprendiendo como el primer día. Bea, eres una crack.

También agradezco todos los mensajes y llamadas que recibí. Chicos y chichas os recomiendo que llaméis por lo cumpleaños y que os dejéis de WA. Hace mucha mas ilusión. Aun así muchísimas gracias.

Ese día entendí que los mejores cumpleaños no dependen del dinero, ni de grandes fiestas, sino de las personas que te acompañan y del amor que te rodea. Fue, sin duda, el cumpleaños de mi vida, y lo llevaré siempre en el corazón.

MGC

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