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Desde pequeño supe cuál era mi destino. No lo decidí por capricho ni por imposición, simplemente lo sentí arder en el centro de mi pecho, como una chispa que se niega a apagarse.
Mi destino era escribir, plasmar en palabras el mundo que veía, el que imaginaba y el que soñaba.
No había alternativa. No importaba cuántas veces la duda intentara susurrarme al oído, ese destino era inquebrantable.
Sin embargo, el camino hacia él fue cualquier cosa menos recto.
Pensé que bastaría con estudiar, escribir sin descanso y esperar el momento adecuado.
Pero la vida, con su astucia inigualable, se encargó de enseñarme que los planes raramente se desarrollan como uno espera.
Me enfrenté al rechazo, a trabajos que poco tenían que ver con mis sueños, a días en los que la inspiración parecía haberse mudado a otro cuerpo.
Hubo momentos de sombras tan densas que me hicieron cuestionar si realmente estaba destinado a aquello.
Pero ahí está la clave: el destino no es negociable. Las dudas podían empañar mi vista, pero no borrar la imagen de lo que quería ser.
El camino, por su parte, se moldeaba a cada decisión, a cada obstáculo, a cada palabra escrita en la madrugada mientras el mundo dormía.
Aprendí que no importa si caminas por senderos pedregosos o si debes dar rodeos inesperados; lo esencial es no perder nunca de vista esa meta que arde dentro.
Hoy, con un libro publicado en mis manos, comprendo que cada tropiezo, cada desvío y cada sombra formaron parte del viaje necesario.
No fue el camino que imaginé, pero fue el que necesitaba para llegar hasta aquí.
Porque, al final, el destino permanece inmutable; es uno mismo quien aprende, crece y se transforma en el trayecto.
El destino no es negociable. El camino, sí. Y eso está bien.
MGC
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