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Recuerdo aquel día como si el tiempo se hubiera detenido entre suspiros rotos y miradas vacías.
Estaba sentado frente a mi escritorio, rodeado de papeles arrugados, testigos mudos de mis intentos fallidos. El eco de mis propios pensamientos retumbaba en mi cabeza: ¿para qué seguir?
Había dedicado meses, años incluso, a ese proyecto que parecía desmoronarse ante cada obstáculo.
Las puertas cerradas, los correos sin respuesta, las críticas veladas. Todo ello dibujaba un panorama sombrío, una invitación tentadora a rendirme.
Pero en medio de esa oscuridad, la voz de Bono resonó en mi memoria: “El fracaso existe, cariño mío, sólo cuando te rindes.”
Me quedé quieto, dejando que esas palabras calaran hasta el último rincón de mi ser.
¿Y si el fracaso no era el final del camino, sino parte de él?
¿Y si cada tropiezo era un peldaño hacia algo más grande?
Recordé entonces otra frase que siempre me acompañó, la de Churchill: “El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.” Y entendí que el verdadero enemigo no eran los fallos, sino la resignación.
Me levanté. Volví a empezar. Y fracasé de nuevo. Pero esta vez el sabor era distinto. Cada error traía consigo una lección, cada rechazo fortalecía mi determinación.
Comencé a ver el fracaso no como una derrota, sino como el esqueleto del éxito, una estructura en la que podía sostener mis sueños.
El día que finalmente logré mi objetivo, no sentí que había vencido al fracaso. Sentí que lo había abrazado, que había caminado junto a él hasta llegar a donde debía estar.
Porque el fracaso, comprendí, no se define por lo que no logras, sino por lo que dejas de intentar.
Ahora, cuando alguien me pregunta sobre mis logros, sonrío y pienso en todos esos momentos en que estuve a punto de rendirme.
Y respondo: “El fracaso existe, cariño mío, sólo cuando te rindes.”
MGC
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