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Siempre me he considerado una persona común, sin talentos extraordinarios ni dotes innatos que me hicieran destacar entre la multitud.
Sin embargo, con el paso del tiempo, he observado cómo mis logros parecían brillar. Algunos decían que tenía suerte, que las oportunidades simplemente llamaban a mi puerta. Pero la realidad es otra, una menos glamourosa y mucho más sencilla: trabajo duro.
Recuerdo mi primer empleo en una empresa. Llegaba de los primeros y me iba de los último.
Mientras otros se rendían a los primeros obstáculos, yo persistía. No porque fuera más inteligente, sino porque me negaba a abandonar una tarea sin entenderla completamente.
Las madrugadas frente al ordenador, los fines de semana sacrificados, las horas extras… todo eso sembraba la base de lo que muchos llamaban “suerte”.
Detrás de cada “golpe de suerte” había horas de dedicación silenciosa, fracasos que me enseñaron más que cualquier éxito, y una voluntad férrea para seguir adelante cuando otros se detenían.
Entendí que la suerte no es más que el cruce entre la preparación y la oportunidad. Las oportunidades están ahí para todos, pero sólo quienes están preparados pueden reconocerlas y aprovecharlas. Y la preparación solo se consigue con constancia, disciplina y, sí, mucho trabajo duro.
Hoy, cuando alguien me dice: “¡Qué suerte tienes!”, sonrío y pienso en aquellas noches en vela, en los desafíos superados y en el esfuerzo constante. Porque, en el fondo, sé que mi suerte no cayó del cielo. La construí, ladrillo a ladrillo, con cada hora invertida, con cada error corregido, con cada paso dado hacia adelante.
Así que sí, encuentro que cuanto más duro trabajo, más suerte tengo.
MGC
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