La voz que falta

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Manuel llevaba 10 años escribiendo canciones que nadie había cantado.

Las guardaba en cuadernos de tapas negras, apiladas en la balda más alta de su despacho, junto a los informes trimestrales y los contratos de la empresa.

Durante el día cuadraba números; por la noche, cuando la casa se quedaba en silencio, cuadraba versos.

Una noche, buscando otra cosa, acabó leyendo sobre Taylor Swift. No sobre sus canciones, sino sobre sus contratos. Descubrió que una canción no es una sola cosa, sino muchas a la vez.

Tiene un letrista, un compositor, un intérprete, un productor, un editor y una discográfica, y cada uno tiene su trozo.

Una canción es un puzzle de derechos, y quien entiende cómo encajan las piezas decide qué se hace con ella.

Leyó que aquella chica había entendido el juego con diecisiete años, y que cuando perdió el control de sus primeros discos no se resignó: volvió a grabarlos todos, uno a uno.

Parecía un capricho y resultó ser la base de la gira más rentable de la historia.

Manuel cerró el portátil y se quedó mirando la balda.

Siempre había pensado que le faltaba talento, o suerte, o contactos.

Esa noche entendió que le faltaba otra cosa: una estrategia. Sus letras no eran un pasatiempo inacabado, eran una pieza del puzzle, la primera y quizá la más valiosa, porque sin palabras no hay canción. Lo que le faltaba era la voz.

A la mañana siguiente hizo lo que hacía con cualquier proyecto serio.

Registró sus letras en el Registro de la Propiedad Intelectual y se informó sobre cómo funcionaban las sociedades de gestión.

Separó las que eran para cantar de las que solo eran para leer. Y escribió, con el mismo cuidado con el que redactaba una propuesta para inversores, un anuncio:

«Busco cantante. Tengo cien canciones escritas y ninguna voz. No busco a alguien que me haga un favor, sino a alguien con quien construir algo. Tú pones la voz, yo pongo las palabras, y firmamos las piezas como socios.»

Lo publicó sin muchas esperanzas.

Tres semanas después respondió una chica de Valencia. Le mandó un audio grabado con el móvil en una cocina, con una guitarra algo desafinada, cantando una de sus letras más antiguas, una que había escrito a los veintitantos y que ya casi no recordaba.

Manuel escuchó el audio cuatro veces. A la quinta, sus propias palabras le sonaron como si fueran de otra persona. Por primera vez sonaban como él siempre las había oído por dentro.

Esa noche no escribió ninguna canción nueva. Abrió un documento en blanco y empezó a redactar un acuerdo. Porque había aprendido que nada es casualidad, y que las canciones, como las empresas, se construyen dos veces: primero con el corazón y después con la cabeza.

MGC

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