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Últimamente, no sé si soy yo o si de verdad estamos gobernados por sectas.
Y no hablo de esas que se reúnen en sótanos oscuros y visten túnicas, no.
Hablo de esas otras sectas, las modernas, las disfrazadas de partidos políticos.
Cada una con sus dogmas, sus rituales, sus verdades absolutas y su empeño en convencernos de que si no estás con ellos, estás contra ellos.
Tenemos, por ejemplo, a la secta del puño rojo.
Prometen repartir para todos, pero a veces da la sensación de que reparten poco y se reparten mucho entre ellos.
Gobiernan con el apoyo de pequeñas sectas que dicen ser independientes, pero que parecen ir más pendientes del viento que sopla desde arriba que de su propia brújula.
Luego están los de la secta de los piernas azules, que se pasan más tiempo criticando lo que hacen los otros que diciendo lo que harían ellos.
Dicen que traen soluciones, pero se les olvida que también tienen su mochila llena.
Y cómo olvidar a la secta del brazo verde.
Tienen energía, ideas, un discurso prominente… pero no terminan de hacerse hueco. Les puede la inmigración y su falta de respeto con el planeta.
Siempre parece que están a punto de despegar, pero algo los frena. Quizás los propios votantes, que siguen aferrados a lo de siempre.
Y por último, está la secta del sobaco morado.
Los más progresistas en el discurso, los que abogan por la libertad y el amor sin etiquetas. Pero a veces, escuchándolos, da la impresión de que solo aman a quienes piensan exactamente como ellos.
Es curioso.
Todos dicen querer mejorar el país, pero pocos parecen dispuestos a escucharse entre ellos.
Cada uno en su trinchera, señalando al otro como el culpable.
Y mientras tanto, los ciudadanos, como yo, intentando distinguir entre tanto ruido quién dice la verdad o, al menos, quién miente menos.
A veces pienso que más que política, lo que necesitamos es sentido común. Y menos sectas, por favor.
Más personas dispuestas a construir puentes que a cavar trincheras.
Porque este país, con sus diferencias, sus aciertos y sus errores, no necesita líderes mesiánicos, sino servidores públicos que dejen de pensar en eslóganes y empiecen a pensar en personas.
Y si eso es demasiado pedir… igual es que la secta más grande somos nosotros mismos.
MGC
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