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Desde pequeño el verano siempre fue sinónimo de cambio de escenario.
Mis padres tenían esa costumbre de romper con la rutina y buscar un lugar donde respirar distinto, y esa tradición quedó grabada en mí como algo esencial.
En 2018 decidimos que queríamos mantener ese espíritu vivo y, por eso, hicimos nuestra primera inversión en una casa de segunda residencia en El Rompido, Huelva.
Antes de eso, de niños, nuestros veranos tenían otro color.
Mis padres se conocieron en Moncófar, un pequeño pueblo de Valencia. No era el sitio más bonito del mundo, incluso yo de pequeño ya lo veía un tanto feo, pero allí había historia familiar, y eso le daba un valor especial.
Algún verano nos escapábamos a Benicasim, en Castellón, porque allí veraneaban mis primos. Era divertido sentirnos todos juntos, como si formáramos una pequeña comunidad improvisada cada año junto con mis abuelos.
De adolescentes, cambiamos el este por el sur: nos fuimos a El Puerto de Santa María, en Cádiz.
Qué magníficos veranos aquellos… Vivíamos allí durante todo el año desde que tenía 12 hasta los 17 años.
Fue una etapa de descubrimiento, de amigos que aún conservo, de días interminables entre playa y moto.
Luego vino Marbella, Málaga, con dos etapas muy distintas.
La primera, en un pequeño pueblo andaluz en la carretera de Ronda, con ese encanto típico de las casas de colores y el aire de sierra.
Después nos mudamos a la playa, cerca de Los Monteros, donde el verano olía a sal y las tardes se alargaban hasta el anochecer.
Más tarde, mi padre descubrió Menorca, y fue amor a primera vista.
Allí pasamos años de auténtico lujo emocional en una preciosa casa familiar en primera línea de mar.
La isla era mágica: calas vírgenes, aguas cristalinas y un ritmo de vida que parecía de otro tiempo.
Pasados esos veranos inolvidables en Menorca, intentamos recuperar las sensaciones de la adolescencia regresando a El Puerto de Santa María, pero ya no era lo mismo. Más masificado, más ruidoso. Así que optamos por un cambio: nuestra casa en El Rompido.

El Rompido me recuerda al Puerto de cuando yo era pequeño: tranquilo, seguro para los niños, con deportes de agua, una ría que nos regala la playa salvaje más larga de Europa, golf y muchas opciones para disfrutar al aire libre.
Aquí los niños se lo pasan en grande, y nosotros tenemos el privilegio de un verano sereno, con una temperatura perfecta y la armonía de sentir que estamos justo donde queremos estar.
MGC
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