mi amigo Parkinson y yo

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Mi padre siempre fue un referente para mí. Una de esas personas que, sin proponérselo, te enseñan cómo vivir. 

Antes incluso de su jubilación, le diagnosticaron Parkinson, igual que a mi abuela. 

Lo que más me impresionó no fue el diagnóstico en sí, sino cómo se lo tomó. 

Nunca lo vivió como una condena, sino como una visita inesperada. 

Recuerdo que decía: “Me ha venido a visitar mi amigo Parkinson, y tendré que vivir con él lo mejor que pueda.”

Decía que, dentro de todo lo que podía haberle pasado, quizá era lo mejor. Lo decía en serio, con una naturalidad que desarmaba. 

No hablaba mucho del miedo o de la incomodidad, sino de cómo organizar su vida para convivir con este “amigo” que había llegado sin avisar y que, como un huésped, no tenía intención de irse.

En su caso, el Parkinson no se manifestaba tanto con temblores, sino con rigidez. 

Se cuidaba muchísimo: hacía fisioterapia, se apuntó a la asociación de Parkinson y participaba en sus actividades. 

Lo llevaba francamente bien, aunque la enfermedad le jugaba malas pasadas. De vez en cuando, una caída nos daba un susto. 

Era puñetera, como él decía, pero no le robaba del todo la sonrisa.

Mi padre siempre había sido muy social, con unas habilidades extraordinarias para conectar con la gente. 

Poco a poco, eso fue cambiando. No porque dejara de querer a la gente, sino porque el Parkinson le fue restando ganas de exponerse a demasiadas relaciones. 

Aun así, mantenía sus encuentros con sus amigos más cercanos y su círculo íntimo.

Fue impresionante cómo llevó la enfermedad durante casi quince años. 

Nunca perdió la dignidad, y tampoco dejó de enseñarnos a todos una lección de vida: que a veces no elegimos lo que nos pasa, pero sí cómo lo enfrentamos.

Finalmente, no fue el Parkinson quien se lo llevó, sino un cáncer de páncreas. 

Y ese, como él decía, no fue un amigo. No fue tan cordial, ni tan paciente como su compañero de viaje durante tantos años. A los 73 años, nos dejó en pocos meses después del diagnóstico.

Pero para mí, la imagen que permanece es la de un hombre que supo aceptar lo inevitable, que decidió vivir con él en lugar de luchar contra él todos los días. 

Y esa lección —vivir lo mejor posible con lo que nos toca— es el legado más valioso que me dejó.

MGC

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