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A veces me descubro observando an mis hijos y preguntándome en qué momento los adultos dejamos de sorprendernos como ellos.
El otro día, mi hijo pequeño se despertó un sábado a las 5:17 de la mañana porque no podía esperar un minuto más para seguir leyendo su libro favorito.
Me lo contó después, con los ojos brillantes, y no pude evitar sonreír.
Me imaginé su cabecita inquieta en plena madrugada, iluminada solo por la lámpara de su mesilla, completamente absorbido por las páginas, como si el mundo entero se detuviera para dejarle vivir ese momento.
Esa misma mañana, mientras desayunábamos tarde, me di cuenta de que esta escena era solo una de las muchas que vivo con mis hijos.
Cada día me sorprenden con una nueva chispa de entusiasmo: una piedra brillante encontrada en la acera, un insecto trepando por la hierba, el sonido del viento colándose por una rendija.
Para ellos todo es un descubrimiento, una aventura en miniatura. Los veo mirar el mundo con una energía frenética, como si cada detalle fuera digno de ser celebrado.
Yo, en cambio, a veces camino deprisa, con la mente ocupada en asuntos que parecen urgentes, y me olvido de mirar hacia abajo, hacia los charcos que reflejan el cielo, o hacia arriba, donde las nubes se deshacen lentamente.
Me preocupa perder esa capacidad de asombro, dejar que la rutina me robe lo que alguna vez tuve de niño.
Por eso, intento aprender de ellos. Cuando se detienen para enseñarme algo que han encontrado, respiro hondo y miro.
Me esfuerzo en ver lo que ellos ven sin prisas, con la misma curiosidad que los empuja a levantarse de la cama antes del amanecer solo para leer unas páginas más.
Porque en sus ojos encuentro un recordatorio de lo que significa vivir de verdad, con el corazón abierto a lo nuevo.
No quiero olvidar lo que mis hijos me enseñan cada día: que la vida está hecha de momentos sencillos, de descubrimientos pequeños que, si los dejas pasar, nunca vuelven.
Y quizá el secreto para no perder la capacidad de asombro sea rendirse a ella, dejarse contagiar por la emoción de los niños y permitirse mirar el mundo como si acabara de nacer.
MGC
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