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Los últimos días de agosto han quedado grabados en mi memoria como un auténtico regalo para el alma.
Desde el primer momento en que llegamos a aquella casa en la costa del mar Adriático, supe que estábamos a punto de vivir algo especial.
La casa, con su vista privilegiada en primera línea, nos daba la bienvenida con el azul infinito que se fundía con el horizonte. Pero eso solo fue el inicio.
El verdadero corazón de nuestro viaje comenzó cuando subimos a bordo de un catamarán que nos llevaría a surcar las aguas cristalinas del Adriático.
Navegar entre pequeñas islas, algunas desiertas y otras adornadas con pueblos que parecían sacados de un sueño, fue una experiencia inolvidable.
Hvar y Korčula me dejaron sin aliento: sus calles empedradas, sus fachadas blancas bañadas por el sol y esa mezcla de encanto italiano y griego me trasladaron a un mundo
Las calas, escondidas como tesoros, recordaban a las de Menorca, con aguas tan transparentes que parecía que el catamarán flotaba en el aire.
Cada baño en esas aguas era un abrazo refrescante, una caricia del mar que invitaba a olvidar el tiempo.
Hubo momentos curiosos también, como aquel día en que se nos hundió el remo de la tabla de paddle surf hasta once metros de profundidad.
Intentamos recuperarlo sin éxito, pero al pedir ayuda a la tripulación de otro catamarán, apareció un buceador experto que, con una destreza admirable, se sumergió hasta once metros para devolvérnoslo.
Su amabilidad y profesionalismo reflejaban la hospitalidad excepcional que encontramos en cada rincón de Croacia.
Este viaje fue más que sol, música y baños de mar.
Fue una celebración en familia, un cúmulo de instantes perfectos que nunca olvidaré.
Todo esto no habría sido posible sin mi mujer, que con su dedicación y esfuerzo se ocupó de la logística, asegurándose de que cada detalle encajara perfectamente.
Y, por supuesto, un agradecimiento especial a nuestra capitana, amiga de mi mujer, que nos guió con seguridad y complicidad.
Estoy seguro de que repetiremos esta aventura. Porque hay viajes que marcan, y este ha sido, sin duda, un viaje para morirse… de felicidad.
MGC
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