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En febrero de 2024 me diagnosticaron diabetes tipo II.
Recuerdo perfectamente la cara del médico mientras me lo decía. Era como si quisiera despertarme de un sueño tranquilo con un cubo de agua fría.
Me habló de forma directa, sin rodeos, como si supiera que no me lo iba a tomar con la seriedad que requería.
Lo primero que soltó fue que tenía que empezar a pincharme insulina.
Luego vendrían los controles de azúcar a diario, los pinchazos en los dedos, y un estilo de vida que ya no me parecía mío.

Por suerte —o por un control inicial efectivo— después de unas semanas de ajustes, pasamos solo a las pastillas.
Aunque eso podría parecer una buena noticia, lo cierto es que en mi interior algo había cambiado para siempre.
Porque aunque no duele, ni grita, ni asusta como otras enfermedades, la diabetes es traicionera. Te va desgastando por dentro, sin que lo notes, como una gota que cae todos los días sobre una piedra.
Me explicaron que el verdadero problema no era solo el azúcar en sangre. Era lo que ese azúcar descontrolado podía hacer con el tiempo.
Afectar la vista, los riñones, el corazón… en definitiva, tus órganos más valiosos. Y de repente, entendí lo que significa vivir con una muerte silenciosa al acecho.
Porque eso es: una enfermedad que, si no la dominas tú, te va comiendo poco a poco sin levantar la voz.
Lo primero que tuve que hacer fue aprender a decir que no. No al azúcar, claro, pero también a los carbohidratos rápidos, a los antojos, a los “por una vez no pasa nada”.
Aprendí a mirar etiquetas, a entender qué significa el índice glucémico, a planear mis comidas.
Me esta costando. Mucho. No solo por la disciplina, sino porque implica aceptar que ya no soy invencible. Que el cuerpo tiene memoria. Que los excesos de antes, de alguna forma, presentan su factura.
Ahora vivo con otra conciencia.
No me obsesiono, pero me cuido. Hago ejercicio, elijo mejor lo que como y, sobre todo, escucho a mi cuerpo.
Porque ya no se trata solo de evitar un mal futuro; se trata de cuidarme hoy para vivir mejor mañana.
La diabetes me recuerda cada día que hay cosas que no duelen… pero matan.
Y que cuidarse no es una opción, es una decisión que uno debe tomar antes de que sea demasiado tarde.
MGC
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